viernes 3 de julio de 2009

Michael Jackson sigue comiendo pipas de calabaza, incluso muerto.

A ver, a ver... que está todo el mundo muy agonías con lo de Michael Jackson y como la gente sabe que le conozco me están parando por la calle para preguntarme: "Uli, ¿tú de qué crees que ha muerto?".

¡Leches, pues es que yo no estoy tan seguro de que se haya muerto!
Que tampoco digo que esté vivo. Pero sospecho que puede estar aquí:



Además, desde que saltó la noticia hace una semana... en ocasiones... veo cáscaras de pipas de calabaza por todos lados, ese fruto seco que nos secuestra la razón. Pues no habremos comido pipas Michael y yo...

¡Cuántas cáscaras habremos escupido por la ventana de su limusina!


La primera apareció bajo mi almohada y no le di importancia. Pero es que luego le siguió otra en un bolsillo del bañador, en el cajón del cuarto de baño, bajo el sofá... El otro día abrí el mando de la tele para cambiarle las pilas ¡y había una pipa de calabaza dentro!
¿No es demasiada coincidencia? Obviamente, Michael quiere lanzarme un mensaje: "eh, Uli, no llores por mí, estoy bien". Que ya podría enviarme un e-mail, pero hay que comprender que él es un artista.


Mi madre dice que "de eso nada" y que ya soy mayorcito para entender que la gente se muere y que más me vale ir asimilándolo, que algún día ella se va a morir, y papá, y Xiao Mei... hasta yo. ¡Todos tiesos!
También dice que lo de las cáscaras tiene una explicación muy sencilla: papá ha dejado de fumar los viernes por la tarde y para vencer la ansiedad se ha enganchado a las pipas.

Pero, ¡bah!, yo paso de mi vieja. Lo que me voy a reír de ella y de todos cuando Michael reaparezca a tiempo de comenzar su gira mundial. Porque esa es otra: con esto de morirse mucha gente se ha dado cuenta de que es un tío genial y que en el fondo-fondo de su corazón, le querían mogollón. Y que están dispuestos a pagar mucho dinero por la entrada de un concierto que (teoricamente) no se va a celebrar. Seguramente todo ha sido idea de su padre, que es muy cuco él. Todo lo que el padre de Michael tiene de cuco, mi madre lo tiene de aguafiestas.

El Uli.

miércoles 15 de abril de 2009

Michael Jackson: biografía autorizada


Hola a todos. Os preguntáreis dónde he estado todo este tiempo (si no os lo preguntábais, ¡¡¡preguntároslo ahora mismo!!!). Pues os lo diré sin cortapisas: en el rancho de Michael Jackson (no en Neverland, en otro que nadie conoce y por el que no paga impuestos).

Michael y yo nos hemos hecho muy amigos. Resulta que en un viaje a Nueva York con mis padres me estaba aburriendo tanto, tanto, que se me pasó por la cabeza la idea de escaparme. Y cuando una idea se me pasa por la cabeza ya no hay vuelta atrás: tengo que ponerla en práctica. Dice mi padre que este empirismo mío hay que corregirlo urgentemente antes de que llegue a la adolescencia, pero bueno, eso es otra historia. A lo que iba:
Aprovechando que mis padres estaban to lelos mirando una instalación de Pipilotti Risk en el MOMA eché a andar hacia la salida, primero despacito y hacia atrás como un cangrejo, y luego corriendo con todas mis ganas hasta que el museo y las calles de alrededor quedaron muy atrás. Después de pasear un rato ya empezaba a aburrirme otra vez cuando vi a mis viejos montados en la parte de atrás de un coche de policía. Mi madre sacaba medio cuerpo fuera por la ventanilla del coche, gritando mi nombre con la voz afónica y todo el rímmel corrido (y eso que sólo habían pasado 20 minutos desde que les había dejado). Un policía muy gordo la sujetaba por la cintura y tiraba de ella hacia dentro del coche, pero su esfuerzo era inútil porque mi madre se pone muy irracional cuando me da por escaparme. No hay quien la domine. Papá ni siquiera lo intentaba: estaba sentado muy quieto y supongo que abochornado porque todo el mundo en la calle se fijaba en ellos y en el escándalo que estaban montando, así que soportaba el tirón con la cabeza gacha y la cara discretamente oculta bajo el folleto del MOMA.

Como no quería que me descubrieran decidí meterme en la primera limusina que vi. Y así fue como Michael y yo nos encontramos. Al principio me miró con cara de susto. Yo también me sentía cortadillo por verme así de sopetón sentado junto al Rey del Pop, pero como no soporto los silencios incómodos y además tenía como misión escaparme de mis padres, puse en práctica mis conocimientos de inglés.

- Good morning. I am Ulises from Spain. ¡Run! ¡Run!

Creo que se me entendió bien porque la limusina arrancó en el acto. Estuvimos dando vueltas por Nueva York durante un par de horas en las que Michael y yo nos sonreíamos mucho, porque lo que es hablar no hablábamos debido a que cuando lo hacíamos no nos entendíamos una mierda, pero bueno, al menos estábamos a gusto los dos repantingados en la parte de atrás, comiendo pipas de calabaza y escupiendo las cáscaras por la ventanilla.
Así hasta que me quedé dormido. Cuando desperté ya no estábamos en la ciudad. Íbamos por una autopista y entre Michael y yo había sentado un niño mulato que hablaba con acento cubano. "¿Qué haces aquí?", le pregunté, con algo de celillos (lo reconozco).
El mulato se encogió de hombros. "No sé, brother, yo estaba en mi calle de Brooklyn cuando se me acercó Michael Jackson y me prometió que me compraría unas Nike si le voy traduciendo todo lo que dices". Siendo así -pensé yo- no pasa nada, ya que el otro niño está aquí por mí...
"Bueno, pues pregúntale que donde vamos".

El niño mulato se puso a hablar en inglés con Michael Jackson y luego me explicó que íbamos a su rancho, que iba a ser un viaje largo pero que no me preocupara porque íbamos a parar cada 100 kilómetros en un restaurante de la cadena McDonald's. Al parecer existe un viejo dicho estadounidense que afirma que un gordo puede cruzar América corriendo de McDonald's en McDonald's y sin adelgazar un sólo kilo.

Pensando en gordos me acordé del policía que sujetaba a mi madre y me sentí algo nostálgico. "¿Qué estará haciendo ahora ella?". Como Michael es un artista y una persona sensible notó que algo me preocupaba y para divertirme se puso a hacer caras raras. Lo malo es que las caras raras de Michael Jackson son tan raras de verdad (como cuadros de Francis Bacon) que el niño mulato y yo nos asustamos, empezamos a llorar y no paramos hasta que Michael cogió una bolsa de Tiffany's y se la puso en la cabeza (hubo unos intentos anteriores con bolsas del Día y del Bershka, pero no funcionaron). Ya estando todos un poco más tranquilos Michael decidió entretenernos contándonos la historia de su vida, que es la que os resumo aquí:

Michael Jackson de pequeño era como yo: el más listo, el más guapo, el que tenía más chispa. Al principio no querían dejarle cantar con su padre y sus hermanos, porque era demasiado cani. Para que dejase de molestar le daban un tambor de Dixán y el mando de la tele (que como eran los años 70, imaginaros qué tamaño tendría) y el pobre criajo se imaginaba que tocaba la batería. Bum-bum, bum-bum, mientras los mayores ensayaban pasos de baile en la habitación de al lado.
Era relativamente feliz y esperaba con ilusión el comienzo del 2º curso de primaria, donde, como todos los niños saben, te dejan usar el punzón en la clase de trabajos manuales. Entonces sucedió algo que cambió su vida por primera vez: su madre le oyó cantar la sintonía de un famoso anuncio de Colacao ("yo soy aquel negrito del África tropical..." ) y lo hacía con tal delicadeza y gusto musical, tan jodidamente bien, que parecía increíble que tuviera sólo cuatro años. Su padre no lo dudó. Se llevó aparte a Jemaine, el hermano mayor de Michael y hasta entonces solista del grupo, y le dió un guantazo que le puso de perfil.

- Padre, ¿por qué me pegas? - preguntó el pobre Jemaine.

- Esto es para que te duela menos lo que te voy a decir: hijo, ya no vas a cantar más en el grupo... Bueno, sí cantarás, pero sólo para hacerle los coros a tu hermano Michael.

Y así pasó que Michael se convirtió en la estrella del grupo, y que los Jackson Five alcanzaron gran éxito y popularidad como todo el mundo sabe aquí y en la China popular. Después Michael Jackson empezó una carrera en solitario y tuvo su primer Grammy con la canción Don't stop 'til you get enough que a la traducción viene significando "Cogemelo tó hasta que ya no puedas más" y que es sin duda mi favorita de todas las de Michael.



De ahí para arriba. Hasta que en el año 2001 se peleó con la casa que le producía los discos (Sony) y perdió todo interés por la música, el baile y los vídeos musicales. Fin de la historia.
Cuando Michael terminó de hablar y el mulato de traducir se hizo un tenso silencio en la limusina que sólo yo me atreví a romper: "Pero... ¿no nos va a contar por qué tiene esa cara tan rara? ¿Ni por qué ha cambiado el color de su piel? ¿Ni siquiera nos va a decir si es un pederasta? ... ¿Qué mierda de historia es ésta?".
"Oye, brother, no sé tú, pero yo quiero que me compre unas Nike, así que no andes jodiendo con las pregunticas a ver si se va a enojar".
Después de no sé cuanto tiempo llegamos al rancho de Michael, que es un sitio genial para pasar una temporada escondido si tienes unos padres tan pesados como los míos. La próxima vez se lo pensarán dos veces antes de llevarme al MOMA cuando les haya dejado super claro que yo lo que quiero es ir al museo de cera.
En cuanto a mi relación con Michael Jackson... nos va bien como amigos. Ahora que he vuelvo a España nos enviamos postales (él de Internet no sabe nada, al fin y al cabo, es un viejales) pero tengo que hacerlo a escondidas porque a mis padres no les hace gracia. Además, le han denunciado y eso que yo les he repetido una y otra vez que Michael Jackson no me ha tocado un sólo pelo. Dormíamos en habitaciones separadas (yo en un cuarto y Michael con el mulato en otro) y aunque es cierto que algunas noches me pareció oír entre sueños como alguien intentaba abrir la puerta de mi cuarto, todo esto queda en el terreno del misterio, ya que siempre eché el cerrojo antes de acostarme.
El Uli.

sábado 27 de diciembre de 2008

Otro delfín rosa

Me lo han vuelto a hacer. Me han vuelto a decepcionar. Como en mi último cumpleaños. Yo les dejé muy claro lo que quería: un coche teledirigido, a poder ser con tracción a las cuatro ruedas, y un delfín hinchable para bañarme con él en la playa. ¿Y qué es lo que obtuve? Un blog. Que vale, que sí, que con el tiempo le he cogido cariño, pero en su momento, imagínate que papelón levantarte el día de tu cumpleaños, ir corriendo al salón a ver tus regalos como todos los años y darte cuenta de que ahí no hay NADA, que llegue tu padre, te siente delante del ordenador y te diga "venga, Uli, escribe algo en tu blog". ¿Pues qué crees que escribí? "Vete a la mierda, padre", así, en negrita. Y encima me llevé una colleja, ¡el día de mi cumpleaños! Luego encima me enteré de que los blogs son gratis, es decir, que mi regalo no les había costado ni medio pavo. ¡Serán rácanos!
Y una vez que a las dos partes se nos pasó el enfado -a mí por la decepción y a ellos por tener un hijo tan materialista y desagradecido- mi madre quiso arreglar el mal rollo y se fue a comprarme el delfín. Que bien, yo le agradezco la intención (un poco forzada, todo hay que decirlo) pero ni aún así aciertan los puñeteros, porque ¿con qué creéis que volvió?

Con un delfín rosa.


¿En qué cabeza cabe? ¿Con qué cara me presento yo en Zahara de los Atunes llevando bajo el brazo un delfín rosa? Suficiente bochorno paso ya teniendo que ir a esas playas nudistas que me llevan mis padres, teniendo que verles las partes íntimas a ellos y a sus amigos... ¡Yo sólo quería un delfín para evadirme! Un delfín de color azul, gris, negro, hasta verde me vale. Pero rosa, no. ¿Dónde se ha visto un delfín de color rosa?

Pues resulta que sí, que se han visto. En la selva amazónica. Mi madre los había localizado en un documental de la tele, llegó a la tienda con la idea de comprarme un delfín normal, y entonces vio el de color rosa, se acordó del documental y le hizo gracia. Supongo que pensó "voy a comprarle a mi hijo el delfín rosa, que es más original", ya que el objetivo principal de mis padres en cuanto a mí es que yo sea un niño original, distinto a los demás (eso lo tenían claro desde el principio, se ve claramente si piensas en el nombre que eligieron para mí).

Obviamente el delfín rosa nunca salió de la bolsa de la playa y mis viejos se pasaron todo el verano restregándomelo: "tanto pedir el delfín, tanto pedir..."

¿Y todo esto a qué viene? Pues como decía al principio, me lo han vuelto a hacer. Las clases de Kárate que tanta ilusión me hacían... Me llevaron engañado al centro de artes marciales. De camino yo les preguntaba: "¿Pero cuando me váis a comprar el kimono?". Y ellos: "cuando lleves un par de clases, no vaya a ser que no te gusten y te lo compremos para nada". Bueno, vale, me lo creí, porque ya os he dicho que mis padres son unos rácanos (para lo que quieren, para otras cosas, no). Pero ya cuando llego a la clase y veo que no hay más que señoras mayores en chandal y que ni siquiera la profe lleva kimono... mal rollo.

"Bienvenido a las clases de tai-chi, Ulises".


- Mamá, o estoy en una pesadilla, o te has equivocado mucho, mucho.

- No, Uli, yo sé que tú prefieres ir a clases de Kárate, pero a tu padre y a mí no nos gusta que hagas un deporte tan violento. Prueba el tai chi primero, que a lo mejor te gusta, como te pasó con el blog...



El Uli




martes 23 de diciembre de 2008

No soy yo, son mis padres


Lo sé: tengo el blog muy abandonado. Pero es que son muchas las dificultades que tengo para escribir. Mis padres me ponen cada vez más pegas porque no quieren que cuente cosas personales suyas. Dicen que luego las leen sus amigos y se parten el eje en las reuniones de adultos. Yo sé que se han arrepentido de regalarme el blog. Pero es que si no hablo de ellos ¿de qué voy a hablar? Sólo soy un niño, mi mundo se reduce a mis padres. "Escribe de lo que conoces", dice mi profe de Lite. Ya me gustaría conocer otras cosas. Sexo, drogas, discotecas... quedan tan lejos aún. Por lo menos hasta el curso que viene. Así que de momento nos tenemos que conformar con estas historias tan costumbristas y yo seguiré tratando se sortear la censura. No sé cuántos post ya me ha tirado mi padre a la basura. A ver si con este hay más suerte.

Lo más chulo que me ha pasado últimamente - o que me va a pasar - es que mis padres me han apuntado a clases de kárate. Empiezo mañana, día de Navidad, porque es un centro de artes marciales japonés y como ellos son diferentes lo consideran un día normal. ¡Ya os contaré!

El Uli.

miércoles 12 de noviembre de 2008

Una persona un voto

Por cierto...


... gracias a esa persona anónima (o animalillo que correteaba por el teclado) que me ha votado en la tercera edición del concurso 20 blogs. Eres guay. Molas mazo. Y mis papás te mandan un beso así de gordo:




El Uli.

miércoles 5 de noviembre de 2008

Algo sub-romántico

(ilustración de Eva Navarro)

Dice mi madre que soy demasiado pequeño para entender las cosas románticas que - según ella - suceden todo el rato en cualquier parte del mundo.

- También eres demasiado burro.

Sí, mamá. ¿Pero qué quieres? Lo más romántico que me ha sucedido hasta ahora es que a Xiao Mei le hayan puesto corrector dental. Desde entonces cecea y tiene dificultades para gestionar su propia saliva, así que de vez en cuando se le escapa un perdigón que con suerte va a parar en mitad de mi cara. Me hace sentir tan importante... ¡Hoy me ha echado tres! No creo que ningún otro niño de la clase haya conseguido más de dos. Eso es porque habla conmigo mucho más que con los otros.

Pero mi madre no me entiende y pone cara de asco cuando le cuento esto. En cambio el otro día, casi se le cae la baba a ella... Hacíamos un transbordo en el metro y en uno de los pasillos vimos a una pareja de ancianos. Él estaba sentado en una silla tocando un violín. Y ella de pie a su lado, pasando las páginas de la partitura que había sobre un atril. Cuando el viejo terminaba de tocar la música escrita en una página, ella le daba la vuelta a la página para que el viejo siguiera tocando la siguiente.

Parece sencillo, ¿no? Trabajo en equipo. No tiene más misterio... Pues a mi madre le pareció una de las cosas más románticas que había visto en su vida. Como si no hubiera presenciado mil veces un comportamiento parecido en mis abuelos: mi abuela fríe un huevo con patatas y mi abuelo se lo come. Trabajo en equipo. ¿Dónde está el romanticismo? Debe ser porque los viejos del metro eran músicos, porque eran pobres (sólo tenían dos euros en el estuche del violín) o porque parecían extranjeros. No lo sé, pero estuvimos un buen rato escuchando la música del viejo.
A medida que pasaban las páginas yo me imaginaba que quizás no eran partituras lo que había escrita en ellas. Me imaginaba que eran las cuentas pendientes que el hombre tenía con su mujer:
"Nunca friegas los platos".
"En cuarenta años no me has regalado nada decente".
"Me fuiste infiel con mi prima".
Se las hacía leer una y otra vez como castigo por haber sido tan malo. Luego recogería las monedas del estuche y se iría a jugar al Bingo, o a tomar café con sus amigas, o a un club de streptease, y el viejo tendría que quedarse solo en su casa preparándose lo único que sabe hacer en la cocina: una taza de té.
Le conté esta teoría a mi madre, pero no obtuve más que una respuesta de ella: "yo quiero llegar así a vieja". Cosa difícil, pues no creo que mi padre esté dispuesto a aprender a tocar el violín y mucho menos a tocarlo en el metro. Además, conociéndoles a los dos, seguro que acababan discutiendo sobre qué canciones deben ir en el repertorio.
Mi madre - con los ojos llorosos - sacó un billete de cinco euros y me obligó a dejarlo en el estuche, cosa que la vieja me agradeció con una sonrisa que me puso los pelos de punta: ¡¡tenía dos dientes de oro!!
Quizá de pequeña empezó como Xiao Mei, con alambres en los dientes y ahora de mayor ha acabado poniéndose dientes de oro y obligando a su malvado marido a tocar en el metro para pagarlos.


¿Xiao Mei y yo de viejos?


El Uli

sábado 18 de octubre de 2008

La rebelión de los padres


"Mis padres no follan", me dijo Xiaomei el otro día. "A lo mejor se separan".

"Los míos sí", contesté yo. "A lo mejor me muero de hambre".

Y empecé a contarle una historia que me sucedió este verano. Fue poco después de que yo le enseñara a mi padre un e-mail donde mi madre le acusaba de hacer el amor con repelús. Esto tuvo muchas consecuencias. La primera, que mi padre me dejó a casa de mis tíos y no vino a recogerme jamás. Fue mi tía la que después de unos días, me llevó de vuelta a mi barrio, llamó al timbre de mi casa, me dijo "no me sigas" y salió corriendo hacia la parada de metro más cercana. Estuve un rato esperando a que abrieran la puerta hasta que me cansé de esperar y saqué la llave que siempre llevo en el bolsillo de mi pantalón. Supuse que no había nadie en casa pero en cuanto entré me di cuenta de que sí por los murmullos que salían del dormitorio de mis padres. Eran ellos, sin duda. Llamé con los nudillos a la puerta (es una regla de la casa, llamar con los nudillos antes de entrar en el cuarto de mis padres):

- Siiiiii?
- Mamá, he vuelto. ¿Me dejáis pasar?

De repente oí pasos apresurados al otro lado de la puerta y acto seguido el "clic" del cerrojo. Y las risas ahogadas de mi madre.

- ¿Mamá?
- Dentro de un rato salimos - contestó mi padre.

En el salón todo estaba muy sucio y revuelto, igual que la habitación de mi primo adolescente. Estaba claro que llevaban varios días sin limpiar. Había restos de comida encargada a domicilio. Tenía hambre, así que me comí los bordes de pan que quedaban en una caja de Pizza Hut. Me senté en el sofá a esperar que mis padres salieran de la habitación y me quedé dormido.
Cuando desperté ya era de noche y mi hambre había crecido.
Paseé por toda la casa, a ver si mis padres se habían levantado ya y acabé en la cocina buscando algo que comer. No había nada. Ni galletas, ni cereales, ni siquiera una manzana.
Fui corriendo hacia la puerta del dormitorio y golpeé muy fuerte con los nudillos.

- ¡Salid ya de una vez! Quiero cenar.

Del interior de la habitación llegaron cuchicheos. Una conversación entre mis padres, en ese tono inconfundible de cuando no saben qué hacer. Al fin mi madre habló.

- Ulises, hazte unos espaguetis.

¡Mierda!, pensé yo. Es verdad que sé hacer espaguetis. Está tirao, es superfácil y podría haberlos hecho con toda tranquilidad, a no ser por un detalle...



La cocina me daba asco. Estaba sucia de verdad. No había ni un solo cacharro, plato o vaso limpio. Si quería cocinar tendría que ponerme a fregar antes... ¡y eso jamás! Odio fregar los platos. Alguna vez fregaré, pero cuando sea mayor.

Así que me volví al sofá y estuve viendo el programa de Íker Jiménez en venganza contra mis padres, que si hubieran estado en el salón me habrían obligado a cambiar de canal. Sabía que estaban despiertos porque de vez en cuando oía la cisterna de su cuarto de baño. Subí el volúmen de la tele para que pudieran escuchar bien la voz de Íker. Con suerte saldrían a regañarme. Pero no salieron y mi hambre me daba más miedo que todos los fantasmas de la tele. Sólo se me ocurría una cosa: llamar a Eloíza.

Eloíza es la mujer que viene dos veces por semana a limpiar la casa. Es mi mamá ecuatoriana.

- Eloíza soy Uli.

- ¡Es muy tarde, mihjo!

- Ya lo sé, pero es que tengo hambre y mis padres no quieren salir de la habitación.

- Ay, qué niño más tonto. Pues hazte unos espaguetis, que para algo te enseñé.

- Es que están todos los platos sucios. Ven a fregarlos, por favor, Eloíza.

- Ni loca. Tus papás son unos chanchos. Y esta semana cuando he ido a limpiar no me han abierto la puerta.

- Yo te la abro, Eloíza.

- Que no, Uli que no. Que yo tengo que dar de cenar a mis propios hijos. Apáñate como puedas o llama al defensor del niño.

Las cosas estaban así de difíciles y empeza a sentirme muy deprimido. Fui hasta la cocina, arrastrando los pies y me quedé allí plantado, intentando concentrarme en mitad de tanto caos. Pero no podía. Las manchas de tomate, el pan mojado, granos de arroz reseco... se me metían por los ojos y por la nariz, dándome asco y hambre a la vez. ¿Qué hacer? Veamos, ¿qué hay en la nevera? Una cuña de queso duro. ¿Y en el armario? La primera y última rebanada de un pan de molde. ¡Ya está! Con eso se puede hacer un sandwich de queso.

Existía un único problema: ¿cómo cortar el queso? Seguro que todos los cuchillos estaban sucios. Abrí el cajón de los cubiertos, temiéndome lo peor. Y para mi sorpresa vi que aún quedaba un cubierto limpio. Un cuchillo, además. Eso sí: un cuchillo de punta redonda, de los que sirven para untar las tostadas con mermelada y mantequilla.



¿Habéis probado alguna vez a cortar un queso duro de la nevera con un cuchillo de éstos? No se puede, es imposible. Yo lo intenté. Me hice daño en la mano, de tanto apretar el puño. Lo más que conseguí fue queso rallado. Me planteé coger las tijerillas que usamos para cortarnos las uñas de los pies, que son más afiladas que este cuchillo, pero al final me conformé con lo que estaba obteniendo: un sandwich de queso rallado. ¿Y por qué no? Estaba rico.

Aquella noche me quedé viendo la televisión hasta tarde. Cuando me desperté por la mañana mi padre estaba fregando los platos y mi madre recogía el salón. Evitaban mirarme a la cara. Estaban avergonzados.