
Voy a decirlo ya. ¿Para qué seguir engañándome a mí mismo y a los demás? El otro día me perdí en el metro y pasé miedo. Yo, el niño de ciudad. El que jamás ha visto cerdos y vacas sin descuartizar. El que cuando ve una casa baja por la tele piensa “¿era tonto el arquitecto?”.
Sí, ese niño. O sea yo. Me despisté y acabé en Pitis. Nunca había estado en Pitis, pero siempre que oigo hablar de ese sitio me acuerdo de Manu, un niño de mi clase que todos los días me pregunta en el recreo “eh, ¿tienes un piti?”, aunque sabe de sobra que no fumo. Una vez le dije que estaba esperando a tener los doce para empezar y que le iba a pedir a mis padres un cartón de pitis Ducados por mi cumpleaños. “Pídeles Bisonte”, me aconsejó. “Cuesta igual y sabe mejor”.
Por muy pesado que sea, habría sido un alivio encontrarme a Manu en Pitis. Llegué hasta ahí porque iba pensando en mis cosas sin fijarme en las paradas. Incluso salí a la calle, pensando que estaba en Cuatro Caminos, y me llevé una conmoción cuando vi que las cosas no estaban donde debían estar. El semáforo, la papelera, el primer edificio... todo estaba distinto, como revuelto. Como si hubiera venido a robar un ladrón sin ninguna memoria fotográfica, dejando el mobiliario urbano patas arriba.
Se me subió el estómago a la garganta y pensé: “ya está, todo ha cambiado. Has viajado en el tiempo, Uli”. Pero luego me fijé en un letrero de la boca de metro y me di cuenta de que no, que estaba en Pitis. Volví a entrar para hacer el camino de vuelta.
Ya sentado en el vagón noté lo nervioso que estaba. Aunque yo sabía que no pasaba nada malo, pero era como si mi cuerpo rechazara la idea de estar en un sitio por equivocación. Me parecía que estaba como en un sueño. Enfrente de mí había sentado un chico como de unos dieciocho años. Sé que era guapo porque cuando le vi pensé “de mayor quiero ser igual de atractivo que él o más”. Después llegó una pareja más mayor que mis padres. Se sentaron uno enfrente del otro, y eso que podían haberse sentado juntos como suelen hacer todas las parejas del mundo aunque se caigan mal entre ellos. Ya te digo: eran una pareja muy rara. A mí me daban un poco de miedo, y creo que al chico de enfrente también. Desde el primer momento se pusieron a hablar con él:
Señor: ¿Este tren va a Cartagena?
Chico: Sí.
Señora (mirando al chico): Pues qué barato, ¿no? Llegar a Cartagena en metro.
Chico: Sí.
Señor: Era un chiste. Lo dice en broma.
Chico: Sí, ya.
Señor: ¿De dónde eres?
Chico: De Madrid.
Señor: No me digas. ¿Sabes por qué te lo pregunto?
Chico: No.
Señor: Porque tienes rasgos así, como del norte. Pareces vasco.
Chico: Pues soy de Madrid... De pequeño viví en La Coruña.
Señor (tendiéndole la mano): ¡La hostia! Yo soy de Pontevedra.
Chico (cogiendo la mano del señor): Vaya.
Señor: Vente a tomar algo con nosotros.
Chico: No, no puedo. Tengo reunión familiar.
Señor: ¿Y eso?
Chico: Es que empiezo mañana el servicio en el Ejército.
Señor: ¿Dónde?
Chico: En Badajoz.
Señora: Yo soy de allí.
Chico: ¿Sí?
Señor: Sí. Oye, espera un momento.
El Señor se levantó y cogió algo que había en la cabeza del chico usando su dedo índice y pulgar como una pinza.
Señor: Es un poco de serpentina... ¿Qué? ¿Has estado de fiesta?
Chico: Sí, vengo de fiesta ahora.
Señor (bis): Vente a tomar algo con nosotros.
Chico: No, que de verdad que no puedo. Me están esperando mis padres.
Señor: Pues apunta mi teléfono. Llámame un día cuando vengas de permiso.
Chico (sacando su móvil): Vale.
Señor: 627 51 40 00... Luego me haces una perdida.
Chico: Sí. Me tengo que bajar en ésta.
Señor (dándole la mano otra vez): Me llamo Jose.
Chico (cogiendo su mano otra vez): Yo Roberto. Adiós.
Señora: Adiós.
El Chico se bajó del tren. Yo miraba al suelo, intentando mimetizarme con los asientos para que el Señor no se fijase en mí. Había algo en él que imponía respeto. Quizás eran los tatuajes. O que tenía la voz como Joaquín Sabina. Yo temía que empezara a preguntarme cosas y al final, me obligase a tomarme algo con ellos. Entonces se subió otro chico que, en mi opinión, no era tan atractivo como el primero, pero tampoco estaba mal.
Señor: Hola.
Chico 2: Hola.
Señor: ¿De dónde eres?
Chico 2: De Gijón.
Señor (tendiéndole la mano): ¡La hostia! Yo soy de Oviedo...
Ya no lo soporté más. Salí corriendo de allí justo antes de que se cerraran las puertas y me quedé en el andén esperando a que viniera otro tren con señores menos raros. Ahora entiendo que haya gente a la que no le gusta viajar.
Sí, ese niño. O sea yo. Me despisté y acabé en Pitis. Nunca había estado en Pitis, pero siempre que oigo hablar de ese sitio me acuerdo de Manu, un niño de mi clase que todos los días me pregunta en el recreo “eh, ¿tienes un piti?”, aunque sabe de sobra que no fumo. Una vez le dije que estaba esperando a tener los doce para empezar y que le iba a pedir a mis padres un cartón de pitis Ducados por mi cumpleaños. “Pídeles Bisonte”, me aconsejó. “Cuesta igual y sabe mejor”.
Por muy pesado que sea, habría sido un alivio encontrarme a Manu en Pitis. Llegué hasta ahí porque iba pensando en mis cosas sin fijarme en las paradas. Incluso salí a la calle, pensando que estaba en Cuatro Caminos, y me llevé una conmoción cuando vi que las cosas no estaban donde debían estar. El semáforo, la papelera, el primer edificio... todo estaba distinto, como revuelto. Como si hubiera venido a robar un ladrón sin ninguna memoria fotográfica, dejando el mobiliario urbano patas arriba.
Se me subió el estómago a la garganta y pensé: “ya está, todo ha cambiado. Has viajado en el tiempo, Uli”. Pero luego me fijé en un letrero de la boca de metro y me di cuenta de que no, que estaba en Pitis. Volví a entrar para hacer el camino de vuelta.
Ya sentado en el vagón noté lo nervioso que estaba. Aunque yo sabía que no pasaba nada malo, pero era como si mi cuerpo rechazara la idea de estar en un sitio por equivocación. Me parecía que estaba como en un sueño. Enfrente de mí había sentado un chico como de unos dieciocho años. Sé que era guapo porque cuando le vi pensé “de mayor quiero ser igual de atractivo que él o más”. Después llegó una pareja más mayor que mis padres. Se sentaron uno enfrente del otro, y eso que podían haberse sentado juntos como suelen hacer todas las parejas del mundo aunque se caigan mal entre ellos. Ya te digo: eran una pareja muy rara. A mí me daban un poco de miedo, y creo que al chico de enfrente también. Desde el primer momento se pusieron a hablar con él:
Señor: ¿Este tren va a Cartagena?
Chico: Sí.
Señora (mirando al chico): Pues qué barato, ¿no? Llegar a Cartagena en metro.
Chico: Sí.
Señor: Era un chiste. Lo dice en broma.
Chico: Sí, ya.
Señor: ¿De dónde eres?
Chico: De Madrid.
Señor: No me digas. ¿Sabes por qué te lo pregunto?
Chico: No.
Señor: Porque tienes rasgos así, como del norte. Pareces vasco.
Chico: Pues soy de Madrid... De pequeño viví en La Coruña.
Señor (tendiéndole la mano): ¡La hostia! Yo soy de Pontevedra.
Chico (cogiendo la mano del señor): Vaya.
Señor: Vente a tomar algo con nosotros.
Chico: No, no puedo. Tengo reunión familiar.
Señor: ¿Y eso?
Chico: Es que empiezo mañana el servicio en el Ejército.
Señor: ¿Dónde?
Chico: En Badajoz.
Señora: Yo soy de allí.
Chico: ¿Sí?
Señor: Sí. Oye, espera un momento.
El Señor se levantó y cogió algo que había en la cabeza del chico usando su dedo índice y pulgar como una pinza.
Señor: Es un poco de serpentina... ¿Qué? ¿Has estado de fiesta?
Chico: Sí, vengo de fiesta ahora.
Señor (bis): Vente a tomar algo con nosotros.
Chico: No, que de verdad que no puedo. Me están esperando mis padres.
Señor: Pues apunta mi teléfono. Llámame un día cuando vengas de permiso.
Chico (sacando su móvil): Vale.
Señor: 627 51 40 00... Luego me haces una perdida.
Chico: Sí. Me tengo que bajar en ésta.
Señor (dándole la mano otra vez): Me llamo Jose.
Chico (cogiendo su mano otra vez): Yo Roberto. Adiós.
Señora: Adiós.
El Chico se bajó del tren. Yo miraba al suelo, intentando mimetizarme con los asientos para que el Señor no se fijase en mí. Había algo en él que imponía respeto. Quizás eran los tatuajes. O que tenía la voz como Joaquín Sabina. Yo temía que empezara a preguntarme cosas y al final, me obligase a tomarme algo con ellos. Entonces se subió otro chico que, en mi opinión, no era tan atractivo como el primero, pero tampoco estaba mal.
Señor: Hola.
Chico 2: Hola.
Señor: ¿De dónde eres?
Chico 2: De Gijón.
Señor (tendiéndole la mano): ¡La hostia! Yo soy de Oviedo...
Ya no lo soporté más. Salí corriendo de allí justo antes de que se cerraran las puertas y me quedé en el andén esperando a que viniera otro tren con señores menos raros. Ahora entiendo que haya gente a la que no le gusta viajar.
El Uli.


4 comentarios:
uli, zielete...
ten cuidadico. que la bida no hes una pilicula ha la que le puedas dar hal pause i bolber p'atras. i pasan muchas cosas. i tu heres mu joben...
ains... que de sufrir!
Entonces hice bien en salir corriendo, ¿no? Que me podía haber pasado algo malo, malo, malo...
Igual te iba a gustar, vete a saber!
Pero me da a mi que no...
Por lo menos, no con esos :P
En el metro a veces hay gente rara, Uli. Pero lo que más hay es gente bajita y muy fea. Así que en el fondo tuviste suerte de ver a dos chicos guapos en el mismo trayecto.
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