sábado 18 de octubre de 2008

La rebelión de los padres


"Mis padres no follan", me dijo Xiaomei el otro día. "A lo mejor se separan".

"Los míos sí", contesté yo. "A lo mejor me muero de hambre".

Y empecé a contarle una historia que me sucedió este verano. Fue poco después de que yo le enseñara a mi padre un e-mail donde mi madre le acusaba de hacer el amor con repelús. Esto tuvo muchas consecuencias. La primera, que mi padre me dejó a casa de mis tíos y no vino a recogerme jamás. Fue mi tía la que después de unos días, me llevó de vuelta a mi barrio, llamó al timbre de mi casa, me dijo "no me sigas" y salió corriendo hacia la parada de metro más cercana. Estuve un rato esperando a que abrieran la puerta hasta que me cansé de esperar y saqué la llave que siempre llevo en el bolsillo de mi pantalón. Supuse que no había nadie en casa pero en cuanto entré me di cuenta de que sí por los murmullos que salían del dormitorio de mis padres. Eran ellos, sin duda. Llamé con los nudillos a la puerta (es una regla de la casa, llamar con los nudillos antes de entrar en el cuarto de mis padres):

- Siiiiii?
- Mamá, he vuelto. ¿Me dejáis pasar?

De repente oí pasos apresurados al otro lado de la puerta y acto seguido el "clic" del cerrojo. Y las risas ahogadas de mi madre.

- ¿Mamá?
- Dentro de un rato salimos - contestó mi padre.

En el salón todo estaba muy sucio y revuelto, igual que la habitación de mi primo adolescente. Estaba claro que llevaban varios días sin limpiar. Había restos de comida encargada a domicilio. Tenía hambre, así que me comí los bordes de pan que quedaban en una caja de Pizza Hut. Me senté en el sofá a esperar que mis padres salieran de la habitación y me quedé dormido.
Cuando desperté ya era de noche y mi hambre había crecido.
Paseé por toda la casa, a ver si mis padres se habían levantado ya y acabé en la cocina buscando algo que comer. No había nada. Ni galletas, ni cereales, ni siquiera una manzana.
Fui corriendo hacia la puerta del dormitorio y golpeé muy fuerte con los nudillos.

- ¡Salid ya de una vez! Quiero cenar.

Del interior de la habitación llegaron cuchicheos. Una conversación entre mis padres, en ese tono inconfundible de cuando no saben qué hacer. Al fin mi madre habló.

- Ulises, hazte unos espaguetis.

¡Mierda!, pensé yo. Es verdad que sé hacer espaguetis. Está tirao, es superfácil y podría haberlos hecho con toda tranquilidad, a no ser por un detalle...



La cocina me daba asco. Estaba sucia de verdad. No había ni un solo cacharro, plato o vaso limpio. Si quería cocinar tendría que ponerme a fregar antes... ¡y eso jamás! Odio fregar los platos. Alguna vez fregaré, pero cuando sea mayor.

Así que me volví al sofá y estuve viendo el programa de Íker Jiménez en venganza contra mis padres, que si hubieran estado en el salón me habrían obligado a cambiar de canal. Sabía que estaban despiertos porque de vez en cuando oía la cisterna de su cuarto de baño. Subí el volúmen de la tele para que pudieran escuchar bien la voz de Íker. Con suerte saldrían a regañarme. Pero no salieron y mi hambre me daba más miedo que todos los fantasmas de la tele. Sólo se me ocurría una cosa: llamar a Eloíza.

Eloíza es la mujer que viene dos veces por semana a limpiar la casa. Es mi mamá ecuatoriana.

- Eloíza soy Uli.

- ¡Es muy tarde, mihjo!

- Ya lo sé, pero es que tengo hambre y mis padres no quieren salir de la habitación.

- Ay, qué niño más tonto. Pues hazte unos espaguetis, que para algo te enseñé.

- Es que están todos los platos sucios. Ven a fregarlos, por favor, Eloíza.

- Ni loca. Tus papás son unos chanchos. Y esta semana cuando he ido a limpiar no me han abierto la puerta.

- Yo te la abro, Eloíza.

- Que no, Uli que no. Que yo tengo que dar de cenar a mis propios hijos. Apáñate como puedas o llama al defensor del niño.

Las cosas estaban así de difíciles y empeza a sentirme muy deprimido. Fui hasta la cocina, arrastrando los pies y me quedé allí plantado, intentando concentrarme en mitad de tanto caos. Pero no podía. Las manchas de tomate, el pan mojado, granos de arroz reseco... se me metían por los ojos y por la nariz, dándome asco y hambre a la vez. ¿Qué hacer? Veamos, ¿qué hay en la nevera? Una cuña de queso duro. ¿Y en el armario? La primera y última rebanada de un pan de molde. ¡Ya está! Con eso se puede hacer un sandwich de queso.

Existía un único problema: ¿cómo cortar el queso? Seguro que todos los cuchillos estaban sucios. Abrí el cajón de los cubiertos, temiéndome lo peor. Y para mi sorpresa vi que aún quedaba un cubierto limpio. Un cuchillo, además. Eso sí: un cuchillo de punta redonda, de los que sirven para untar las tostadas con mermelada y mantequilla.



¿Habéis probado alguna vez a cortar un queso duro de la nevera con un cuchillo de éstos? No se puede, es imposible. Yo lo intenté. Me hice daño en la mano, de tanto apretar el puño. Lo más que conseguí fue queso rallado. Me planteé coger las tijerillas que usamos para cortarnos las uñas de los pies, que son más afiladas que este cuchillo, pero al final me conformé con lo que estaba obteniendo: un sandwich de queso rallado. ¿Y por qué no? Estaba rico.

Aquella noche me quedé viendo la televisión hasta tarde. Cuando me desperté por la mañana mi padre estaba fregando los platos y mi madre recogía el salón. Evitaban mirarme a la cara. Estaban avergonzados.

miércoles 8 de octubre de 2008

La dieta de Ulises



Kikos




Patatas fritas



Picos de pan



Conclusión:


Me gusta comer cosas que te obligan a subir el volúmen de la tele cuando masticas.