
Antes pasaba mucho tiempo con mi abuela. Mis padres se iban a trabajar y me dejaban en casa toda la tarde con ella. Las primeras horas todo iba bien. Veíamos juntos el telediario de Ana Blanco y después alguna telenovela como Machos o Amarte así, Frijolito. Después mi abuela me preparaba la merienda y tras zampármela yo me empezaba a aburrir. Ocurría más o menos sobre las siete de la tarde. Ocurría también otra cosa por casualidad a esa misma hora: que mi abuela se ponía de mal humor. Ella sólo dice una palabrota, "mieeeeerda", pero siempre está intentando desengancharse y decir otra cosa, como por ejemplo "lechuga", pero no es más que un sucedáneo vegetariano de "mierda".
- Buela, me he metido un conguito por la nariz y no lo puedo sacar.
- ¡Lechuga!
¿Véis? Por su tono de voz sabes que cuando dice lechuga en realidad está pensando en mierda.
A partir de las siete de la tarde empezaban a salir tantas lechugas de su boca que podría haber montado un puesto en el mercado. Me daba miedo. Muchas tardes las pasaba encerrado en mi habitación, mirando por la ventana a ver cuando llegaban mis padres. Era como si tuviera dos abuelas: una que me preparaba amorosamente sandwiches de Nocilla y otra que me los hubiera metido en la boca a base de puñetazos (no lo hizo nunca, pero se le notaban las ganas). La frontera entre las dos abuelas estaba en algún lugar de la cocina. Yo me quedaba mirando desde la puerta, a una distancia prudencial, esperando ese mágico momento en el que una abuela se convertía en otra, como en la película Lady Halcón. Nunca conseguí cazar la pista definitiva: ¿sucedía al quitar los bordes del pan de molde? ¿Cuándo dejaba el cuchillo sucio en la pila de fregar? ¿O era por la puesta de sol?... No lo sabía, a veces pasaba un poco antes, a veces un poco después, pero el caso es que mi abuela iba del "¿te pongo Nocilla en las dos rebanadas, amor?" a un grosero "deja de espiarme desde la puerta, ¡lechuga!".
Cuando se lo conté a mi padre, en vez de defenderme, buscó la explicación más facilona que se le ocurrió: lo que le pasaba a mi abuela era completamente normal dado mi carácter difícil de soportar durante muchas horas seguidas. A lo que yo le respondí: "Mamá tiene razón: siempre defiendes a tu madre".
De modo que en aquella época le cogí bastante manía a mi abuela. A la abuela de antes de las 7 de la tarde, incluso. Y empecé a pensar un plan para deshacerme de ella. Observé que mi abuela era un poco torpe para esquivar las cosas del suelo. Se tropezaba con mucha frecuencia con mis juguetes, con las patas de la mesa pero sobre todo con los zapatos talla 46 de mi padre.
"¡Lechuga! ¿Qué hace esto aquí? Tu padre siempre dejándolo todo por el medio".
Entonces se me ocurrió la idea: fabricaría una trampa con zapatos. He encontrado una foto en google que puede ilustrar más o menos cual era mi plan de asesinato:
Esperé a que se metiera en la cocina a preparar la merienda y rápidamente saqué todos los zapatos que encontré en los armarios y debajo de las camas. Los esparcí por el suelo del pasillo desde la puerta de la cocina hasta el salón y me senté a esperar a que la suerte y la torpeza de mi abuela hicieran el resto del trabajo. Cabe la posibilidad de que mi plan os parezca una lechuga (una mieeeerda) pero tened en cuenta que esto pasó hace mucho tiempo. Era la mitad de pequeño que ahora y mi capacidad para fastidiar al personal estaba en fase zigoital. Pero reconocerme esto: apuntaba maneras.
Naturalmente el plan salió mal. Mi abuela empezó a caminar sobre la alfombra de zapatos y cuando bajó la mirada al suelo y vio lo que había hecho empezó a descojonarse, no porque su nieto quisiera matarla, cosa que nunca imaginó, sino por la sorpresa de encontrarse allí todos los zapatos. Después se agarró a las paredes del pasillo y pateó los zapatos hasta abrirse una vereda.
- ¡Mieeeerda, Uli! ¿Pero qué has hecho?
- ¡Has dicho "mierda"!
- ¡Lechuga!
El Uli